Sin huellas en la arena roja,
no hay más pistas que seguir;
Toda brújula señala el norte y mis pasos van al sur profundo de tus versos.
estas lupas agrandan los rastros de sal, de sangre y agua,
el veneno de la tinta que escribe lo que ocurre en los adentros del laberinto.
La daga no tiene filo! Por venus!, dónde está la luna suicida?
Qué hacer con un mapa que me lleva a las playas de huesos,
cuando la voz del cansancio ha dicho que no hay a dónde ir.
En qué estación debo comprar un boleto al centro del vacío atanor
y comenzar de nuevo la alquimia de ser sólo un trozo de carbón lanzado de un volcán eterno,
en flamables alas, que aún se consumen entre brasas y se desmoronan en ceniza.
Quién quiere un diamante negro azabache como tercer ojo, colgado al pecho como protección,
para poder entrar a la cueva de ese ladrón que se llama tiempo.
No quiero ser parte de la subasta de almas,
quién daría más por una semilla que se riega con balas ácidas de guerras perdidas para vivir.

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