Con la
misma daga corté cada trozo lunar,
cada
cabello cayó entre hilos de sangre azabache,
las
hebras se enredan en tus poemas,
el caos languidece.
Por un
momento aparece el niño que fuiste,
me
reconoces, porque todo lo sabes ya
pocas
sorpresas hay para ti desde entonces.
Las
sierpes que se abultan en las sienes del tiempo
se
alimentan del fuego-tigre de Blake,
todo lo
que me das se vuelve eterno,
es para
mí lo que escribes,
firmas
un testamento erralista.
Como un ovillo
de preguntas me confundo entre hilaturas y textos,
el deseo
como buen trocil, me va contorsionando, hace madejas de mí
que se
tiñen en el verde, en el azul, en el ámbar, en el blanco de tu veneno.

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