viernes, 3 de agosto de 2012

Manos como antorchas



No se arrastran más palabras hacia mí,

La antigua daga rasga las miradas de musgo

 que anidan en las oquedades del caos.



Es al cráneo de la noche a quien atormentas con tus poemas,

por un segundo, el cuervo te come los ojos.

Un segundo que no alcanza  para entender,

pero es suficiente para morir,

en medio de palabras incandescentes.



Muchas manos como antorchas,

con las venas transparentes del brazo que mueve el timón.

No encuentro el gancho para colgar mi piel,

ni aquel pecho dónde colocar mi frente y saber que no ocurre nada.



Se que escribiste todos estos libros, todos con distintos nombres,

pero todos tuyos, eres tú en cada párrafo, desdoblado, desalmado, desarmado, diluído…

 te impregnas como tinta indeleble al ácido de mis besos al aire.



Una cama de azahares pondrás en mi tumba,

a un lado del altar de huesos,

cerca de la playa con arena de cenizas,

 sobre las ballenas ancestrales

que descansan en la Antártida del pingüino del no tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario