No se arrastran más palabras hacia mí,
La antigua daga rasga las miradas de musgo
que anidan en las
oquedades del caos.
Es al cráneo de la noche a quien atormentas con tus poemas,
por un segundo, el cuervo te come los ojos.
Un segundo que no alcanza para entender,
pero es suficiente para morir,
en medio de palabras incandescentes.
Muchas manos como antorchas,
con las venas transparentes del brazo que mueve el timón.
No encuentro el gancho para colgar mi piel,
ni aquel pecho dónde colocar mi frente y saber que no ocurre
nada.
Se que escribiste todos estos libros, todos con distintos
nombres,
pero todos tuyos, eres tú en cada párrafo, desdoblado, desalmado, desarmado, diluído…
te impregnas como
tinta indeleble al ácido de mis besos al aire.
Una cama de azahares pondrás en mi tumba,
a un lado del altar de huesos,
cerca de la playa con arena de cenizas,
sobre las ballenas
ancestrales
que descansan en la Antártida del pingüino del no tiempo.

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