Tras las colinas de hielo, donde comienza y termina el desasosiego,
está él.
Cansado de sumergirse en los mundos subacuáticos, fastidiado de pisar
la tierra fría contempla con sus diminutos ojos el horizonte, es un pingüino solitario.
Las patas callosas han pisado todas las playas.
El autismo del viento, el aullido del silencio lo llevan a rozar el
límite, a rondar los bordes de la locura, a desmenuzar el pez de oro, a quitarle las espinas del olvido, debe alimentarse de las vísceras de
la palabra.
A dónde ir si la cotidianidad es cada vez más absurda?
En donde desplomarse de hastío?En qué luna sumergir el pico y beber savia de ficción
con sabor a símbolos que expliquen algo, la nada.
Con paciencia construyó el lugar donde no transcurre el tiempo,
ahí la belleza fría lo congela todo, lo atrapa completo, lo envuelve
con finas capas de agua que se cristalizan con el viento.
El sol, con sus rayos intrusos, como espadas, rasga el cielo abismal; se
cuelan reflejos forasteros azules, rojos, morados, amarillos.
Bajo las aletas guarda estrellas de mar, que alguna
vez fueron de cielo, con ellas corta las olas como si fueran hoces; corta la
maleza de nieve que crece alrededor.
Hilvana los segundos para que no transcurran, para
que existan los minutos y las horas y sólo sea el tiempo distendido, sin
fragmentar, para no cederle ni un trozo a la muerte que todo lo quiere, que
todo lo acecha.
Por aquí no hay tiempo para morir, todo es real,
todo es intensamente real, contundente, rotundo, tal como es, sin adornos, ni
reglas; todo fluye en su estado natural, nada se contiene, todo se expande, es
el no-tiempo, es la realidad desmaquillada, es la verdad a tope, donde todo
tiene sentido propio, todo es posible, todo es cierto.
Es el guardián de la playa de huesos, envía
mensajes en botellas para los piratas, con las coordenadas de estas tierras
exóticas, los días y las noches se funden, no hay luz ni sombra que los
distinga, pueden ser los dos al mismo tiempo, sin tropezarse.
El pingüino errante sabe que algo anda mal en él, no
es como los de su especie, él escucha crujir el hielo, los gemidos de la luna, salta
entre pedazos del océano congelado, islas en trozos, intuye que el dolor es una
bala que lo rompe todo, que explota al llegar al centro de las entrañas, él no
siente nada, solo flota y teje el no-tiempo.
Es un pingüino vanidoso, se sabe único, aunque no
es fácil serlo. Hay que ser demasiado testarudo como él para hilvanar letras,
un segundo, un minuto, una hora, un día, una vida.
Tiene alma suicida, pero no quiere morir de aburrimiento,
construye una playa, una cabaña, una palmera, un poco de color aquí, un poco de
verde allá; que no todo sea hielo en su Antártida perdida. Con libros hace una
mesa y un arrecife, los piratas comienzan a desembarcar.
El juego de luces boreales adormecen las dudas del
ave, mientras continúa la travesía por el borde, por ambos lados hay un abismo,
uno de muerte, otro de olvido; cruza sin caer, es un equilibrista del tiempo.
Se balancea, siempre corriendo el riesgo, es un
suicida en el borde la mente. Puntual asiste al ocaso del quinto sol, se
alimenta de peces coloridos, peces poetas, peces rebeldes, peces locos…El verde
alga se refleja en sus ojos marinos, subterráneos, por donde un suspiro desea
sumergirse y estallar adentro.
Es una tarea difícil cuidar la Antártida del no
tiempo, detener las brújulas en su afán de separar el Norte y el Sur, luchar contra los relojes
obsesionados por cortar el tiempo, sesgarlo, rebanarlo y comérselo.
¿Qué habrá más allá de esta playa donde vienen a
morir las ballenas?, el mar, cualquiera que sea, siempre trae misivas sin
fechar, promesas que vuelan con las hojas de un libro abierto, murmullos
lejanos de los que se fueron o se van. De vez en cuando, recoge un caracol que al oído le canta y le
confiesa que sí, que no está solo en esta labor, que las lunas no se
desenmascaran en vano, que se afila la guadaña que ha de cortar el grosor de
esta pared de hielo, para hallar ese otro que no es un reflejo, es otro
pingüino, que sigue la silueta, que atiza el fuego para derretir esa helada distancia
que frena su encuentro.
Mientras tanto, ambos preparan una mesa y un vino
para brindar por todo lo no hecho, por todo lo que es y no se ve, por todo lo
que hay y que sólo puede ser posible en el no tiempo.
El cielo, en el ocaso parece cerrar un ojo
ardiente, visión cítrica del mundo, descansa la mirada sobre lejanos y mullidos
copos de tierra. Tiñe de rojo las hojas de árboles secos, las flores parecen
abrir los ojos sorprendidas ante el espectáculo. Las sombras avanzan sobre las
laderas, golondrinas sembradas, las raíces no las dejan volar.
Aquí un día es un año y un año un segundo, el
pingüino del no-tiempo sigue su camino, errando y errante, loco de remate, vivo
de muerte, recitando a las botellas.


